Tú, hombre qué ruges

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   Suelto en el mar un hombre ruge: ¡La vida es el mejor regalo que nos dio la muerte!

Brillan las alas y sus pupilas. Nadie puede, salvo ellas, derramar versos en esas horas. Ya  mi cabeza canta  poesía, cuando  mis manos,  lejos de verdes moscas, plantan lirios sobre pájaros ciegos.

Tú, hombre, qué ruges sobre  cabelleras de lluvias en duelo, tú hombre, encuentra la estrofa… encuentra los tigres.

Florencia O’Donnell

Tú, hombre qué ruges

Síncopes Mortales

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“el amor se esconde dentro del arcoíris.”

En la escena los brazos de Morrison  aparecen entrelazados a la heroína y a los míos. En un departamento impar de París, el agua tibia en la bañera exhala vapor y sueños viejos; al borde del desmayo desliza su máscara y la vida  hace otro intento para abandonarlo  sicodélicamente.  El unicornio albino, suspendido en el nido de mi vientre, lo traspasa durante su penúltimo suspiro. Deslizo mis  zapatos violetas  por las pestañas, calzo mis ojos,  y salgo  a galopar entre los abrojos del cielo.  En las alturas los arañazos se confunden, pueden ser gatos o puertas inciertas.  Las alegorías se filtran por los agujeros de mi cabeza y llenan toda la escena, los brazos de Jim entrelazados  a la heroína y a los míos.

Florencia O’Donnell

Síncopes mortales

Grito 17

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Sólo una mariposa
amarilla perdida
Macondo la reclama
separarse es perderse
deshojada alma
en encierro sobrevive.

                                                                                                                                  Florencia O’Donnell

Grito 17

Sólo algunos gatos vagan sobre muros verdes

       A Celeste y Hernán

Juana relata historias de un país donde no se vive sin niebla, y la lluvia es cuestión de siempre. Según ella las personas que allí habitan rara vez sonríen y muy pocas veces miran a los ojos. Cuenta que  los animales, igual que los hombres, tienen el corazón  turbado y sólo algunos gatos vagan sobre muros verdes. Juana aclara que  los perros sucumbieron a tanta intemperie.  En ese lugar no hay mujer que guste de usar pantalones ni faldas cortas, son mujeres de verdad, de las de antes;  las telas negras de sus polleras son de un luto lascivo.  Ese luto se ve  interrumpido varias veces a la semana, cuando los hombres las buscan con  cuchillos en sus arterias, penetran sin voces con aullidos, con estrellas muertas sin arcoíris. Es guillotina que se llora el día después, manchas que no se lavan.  Será cuestión de  entender si se quieren o no, parecen ser -son- luchas titánicas de pertenencia  o desvíos de perro extraviado. Juana sabe lo que sucede con las hijas  que se paren entre tanta lluvia. Celeste quiere saber sobre el destino de esas hijas nacidas bajo los equinoccios mojados, antes de que la historia entre en ese silencio blanco, sin memoria, que envuelve a su abuela.Todas ellas terminan ahogadas en un balde o convertidas en Sirenas en una calle de París, murmura Juana, sobre un sorbo de té inglés.

Florencia O’Donnell

Sólo algunos gatos vagan sobre muros verdes

“Yo tuve un cielo celeste que hoy te regalaría.”

   A Patricia Kramer                                      

 “La canción salió porque vos hiciste esa pregunta.”

Buscando entre las vestiduras de mis queridos muertos, apareció la luna, llena de cielos blancos y sombras que no dejaban de cantar. El hombre que besa estatuas no se enteró porque dormía en su propio cielo. Pensé que serían melodías de mujeres y de sus intrigantes mareas. La poesía esta vez no tenía forma de humo, ni de boca de poeta francés, ni sed de lluvia en un edificio en Villa Devoto, tampoco nació de un grito en busca de quimeras. Esta vez la poesía nació de una pregunta que no esperaba respuesta. Lloré naufragios. Y llorar sin un océano que te abrace es quedar expuesta a tu propia sal a otros cielos violentos a otras agonías a otros gatos azules.

Florencia O’Donnell

“Yo tuve un cielo celeste
que hoy te regalaría.”

De fotos y sortilegios

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En el bosque de escobas resuenan los violines y alguna que otra armónica, los vestidos blancos se desnudan, cuelgan los cabellos de alguna que otra ciruela.
Se pierde un alma en el corazón de la quinta taza. El cielo cae, la vida ya no pide  más permiso. Arremete y muere.
Silencio altísimo, no todos los días se ve al cielo estremecerse sobre un ala rota y caer en mi destino.

Florencia O’Donnell

De fotos y sortilegios

Sobre tu cuerpo seré uva

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Revolotea la mariposa negra en la saliva y desaparece. Minutos más tarde se apoya en la frontera del hombro y nace. Profanación de un cuerpo nuevo y las infinitas junglas de seducción. El esplendor está de su lado – vuelos infames- . Su falta de metamorfosis es de una crueldad no percibida hasta llegar al lirio enfermo, lejos de todo sol. Las líneas cruzadas, el beso, el bisturí, lo prohibido, el colgado que nace para matar al loco. Un gusano sin mariposa y un olvido sin memoria o ¿una memoria sin olvido? Se escuchó en romaní. Sin creer en el espíritu santo ni en las negras mariposas. Amén.

Florencia O’Donnell
Sobre tu cuerpo seré uva 

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